Análisis de texto:
Muerte constante más allá del amor.
De Gabriel García Márquez.

MUERTE CONSTANTE MÁS ALLÁ DEL AMOR

AL SENADOR ONÉSIMO Sánchez le faltaban seis meses y once días para: morirse cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie. Hasta su nombre parecía una burla, pues la única rosa que se vio en aquel pueblo la llevó el propio senador Onésimo Sánchez la misma tarde en que conoció a Laura Farina.
Fue una escala ineludible en la campaña electoral de cada cuatro años. Por la mañana habían llegado los furgones de la farándula. Después llegaron los camiones con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos. Poco antes de las once, con la música y los cohetes y los camperos de la comitiva, llegó el automóvil ministerial del color del refresco de fresa. El senador Onésimo Sánchez estaba plácido y sin tiempo dentro del coche refrigerado, pero tan pronto como abrió la puerta lo estremeció un aliento de fuego y su camisa de seda natural quedó empapada de una sopa lívida, y se sintió muchos años más viejo y más solo que nunca. En la vida real acababa de cumplir 42, se había graduado con honores de ingeniero metalúrgico en Gotinga, y era un lector perseverante aunque sin mucha fortuna de los clásicos latinos mal traducidos. Estaba casado con una alemana radiante con quien tenía cinco hijos, y todos eran felices en su casa, y él había sido el más feliz de todos hasta que le anunciaron, tres meses antes, que estaría muerto para siempre en la próxima Navidad.
Mientras se terminaban los preparativos de la manifestación pública, el senador logró quedarse solo una hora en la casa que le habían reservado para descansar, Antes de acostarse puso en el agua de beber una rosa natural que había conservado viva a través del desierto, almorzó con los cereales de régimen que llevaba consigo para eludir las repetidas fritangas de chivo que le esperaban en el resto del día, y se tomó varias píldoras analgésicas antes de la hora prevista, de modo que el alivio le llegara primero que el dolor. Luego puso el ventilador eléctrico muy cerca del chinchorro y se tendió desnudo durante quince minutos en la penumbra de la rosa, haciendo un grande esfuerzo de distracción mental para no pensar en la muerte mientras dormitaba. Aparte de los médicos, nadie sabía que estaba sentenciado a un término fijo, pues había decidido padecer a solas su secreto, sin ningún cambio de vida, y no por soberbia sino por pudor.
Se sentía con un dominio completo de su albedrío cuando volvió a aparecer en público a las tres de la tarde, reposado y limpio, con un pantalón de lino crudo y una camisa de flores pintadas, y con el alma entretenida por las píldoras para el dolor. Sin embargo, la erosión de la muerte era mucho más pérfida de lo que él suponía, pues al subir a la tribuna sintió un raro desprecio por quienes se disputaron la suerte de estrecharle la mano, y no se compadeció como en otros tiempos de las recuas de indios descalzos que apenas si podían resistir las brasas de caliche de la placita estéril. Acalló los aplausos con una orden de la mano, casi con rabia, y empezó a hablar sin gestos, con los ojos fijos en el mar que suspiraba de calor. Su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo, pero el discurso aprendido de memoria tantas veces machacado no se le había ocurrido por decir la verdad sino por oposición a una sentencia fatalista del libro cuarto de los recuerdos de Marco Aurelio.
—Estamos aquí para derrotar a la naturaleza —empezó, contra todas sus convicciones—. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exilados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras señores, seremos grandes y felices.
Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba, sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritos de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de tablas y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.
El senador prolongó el discurso, con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover, los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad que harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con el dedo.
—Así seremos, señoras y señores —gritó—. Miren. Así seremos.
El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y era más alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, —también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.
Nelson Farina no fue a saludar al senador por primera vez en doce años. Escuchó el discurso desde su hamaca, entre los retazos de la siesta, bajo la enramada fresca de una casa de tablas sin cepillar que se había construido con las mismas manos de boticario con que descuartizó a su primera mujer. Se había fugado del penal de Cayena y apareció en el Rosal del Virrey en un buque cargado de guacamayas inocentes, con una negra hermosa y blasfema que se encontró en Paramaribo, y con quien tuvo una hija. La mujer murió de muerte natural poco tiempo después, y no tuvo la suerte de la otra cuyos pedazos sustentaron su propio huerto de coliflores, sino que la enterraron entera y con su nombre de holandesa en el cementerio local. La hija había heredado su color y sus tamaños, y los ojos amarillos y atónitos del padre, y éste tenía razones para suponer que estaba criando a la mujer más bella del mundo.
Desde que conoció al senador Onésimo Sánchez en la primera campaña electoral, Nelson Farina había suplicado su ayuda para obtener una falsa cédula de identidad que lo pusiera a salvo de la justicia. El senador, amable pero firme, se la había negado. Nelson Farina no se rindió durante varios años, y cada vez que encontró una ocasión reiteró la solicitud con un recurso distinto. Pero siempre recibió la misma respuesta. De modo que aquella vez se quedó en el chinchorro, condenado a pudrirse vivo en aquella ardiente guarida de bucaneros. Cuando oyó los aplausos finales estiró la cabeza, y por encima de las estacas del cercado vio el revés de la farsa: los puntales de los edificios, las armazones de los árboles, los ilusionistas escondidos que empujaban el trasatlántico. Escupió su rencor.
—Merde —dijo— c’est le Blacaman de la politique.
Después del discurso, como de costumbre, el senador hizo una caminata por las calles del pueblo, entre la música y los cohetes, y asediado por la gente del pueblo que le contaba sus penas. El senador los escuchaba de buen talante, y siempre encontraba una forma de consolar a todos sin hacerles favores difíciles. Una mujer encaramada en el techo de una casa, entre sus seis hijos menores, consiguió hacerse oír por encima de la bulla y los truenos de pólvora.
—Yo no pido mucho, senador —dijo—, no más que un burro para traer agua desde el Pozo del Ahorcado.

El senador se fijó en los seis niños escuálidos.
—¿Qué se hizo tu marido? —preguntó.
—Se fue a buscar destino en la isla de Aruba— contestó la mujer de buen humor—, y lo que se encontró fue una forastera de las que se ponen diamantes en los dientes. La respuesta provocó un estruendo de carcajadas.
—Está bien —decidió el senador— tendrás tu burro.
Poco después, un ayudante suyo llevó a casa de la mujer un burro de carga, en cuyos lomos habían escrito con pintura eterna una consigna electoral para que nadie olvidara que era un regalo del senador.
En el breve trayecto de la calle hizo otros gestos menores, y además le dio una cucharada a un enfermo que se había hecho sacar la cama a la puerta de la casa para verlo pasar. En la última esquina, por entre las estacas del patio, vio a Nelson Farina en el chinchorro y le pareció ceniciento y mustio, pero lo saludó sin afecto:
—Cómo está.
Nelson Farina se revolvió en el chinchorro y lo dejó ensopado en el ámbar triste de su mirada.
—Moi, vous savez —dijo.
Su hija salió al patio al oír el saludo. Llevaba una bata guajira ordinaria y gastada, y tenía la cabeza guarnecida de moños de colores y la cara pintada para el sol, pero aun en aquel estado de desidia era posible suponer que no había otra más bella en el mundo. El senador se quedó sin aliento.
—¡Carajo —suspiró asombrado— las vainas que se le ocurren a Dios!
Esa noche, Nelson Farina vistió a la hija con sus ropas mejores y se la mandó al senador. Dos guardias armados de rifles, que cabeceaban de calor en la casa prestada, le ordenaron esperar en la única silla del vestíbulo.
El senador estaba en la habitación contigua reunido con los principales del Rosal del Virrey, a quienes había convocado para cantarles las verdades que ocultaba en los discursos. Eran tan parecidos a los que asistían siempre en todos los pueblos del desierto, que el propio senador sentía el hartazgo de la misma sesión todas las noches. Tenía la camisa ensopada en sudor y trataba de secársela sobre el cuerpo con la brisa caliente del ventilador eléctrico que zumbaba como un moscardón en el sopor del cuarto.
—Nosotros, por supuesto, no comemos pajaritos de papel —dijo—. Ustedes y yo sabemos que el día en que haya árboles y flores en este cagadero de chivos, el día en que haya sábalos en vez de gusarapos en los pozos, ese día ni ustedes ni yo tenemos nada que hacer aquí. ¿Voy bien?
Nadie contestó. Mientras hablaba, el senador había arrancado un cromo del calendario y había hecho con las manos una mariposa de papel. La puso en la corriente del ventilador, sin ningún propósito, y la mariposa revoloteó dentro del cuarto y salió después por la puerta entreabierta. El senador siguió hablando con un dominio sustentado en la complicidad de la muerte.
—Entonces —dijo— no tengo que repetirles lo que ya saben de sobra: que mi reelección es mejor negocio para ustedes que para mí, porque yo estoy hasta aquí de aguas podridas y sudor de indios, y en cambio ustedes viven de eso.
Laura Farina vio salir la mariposa de papel. Sólo ella la vio, porque la guardia del vestíbulo se había dormido en los escaños con los fusiles abrazados. Al cabo de varias vueltas la enorme mariposa litografiada se desplegó por completo, se aplastó contra el muro, y se quedó pegada. Laura Farina trató de arrancarla con las uñas. Uno de los guardias, que despertó con los aplausos en la habitación contigua, advirtió su tentativa inútil.
—No se puede arrancar —dijo entre sueños—. Está pintada en la pared.
Laura Farina volvió a sentarse cuando empezaron a salir los hombres de la reunión. El senador permaneció en la puerta del cuarto, con la mano en el picaporte, y sólo descubrió a Laura Farina cuando el vestíbulo quedó desocupado.
—¿Qué haces aquí?
—C’est de la part de mon pére— dijo ella.
El senador comprendió. Escudriñó a la guardia soñolienta, escudriñó luego a Laura Farina cuya belleza inverosímil era más imperiosa que su dolor, y entonces resolvió que la muerte decidiera por él.
—Entra —le dijo.
Laura Farina se quedó maravillada en la puerta de la habitación: miles de billetes de banco flotaban en el aire, aleteando como la mariposa. Pero el senador apagó el ventilador, y los billetes se quedaron sin aire, v se posaron sobre las cosas del cuarto.
—Ya ves —sonrió hasta la mierda vuela.
Laura Farina se sentó como en un taburete de escolar. Tenía la piel lisa y tensa, con el mismo color y la misma densidad solar del petróleo crudo, y sus cabellos eran de crines de potranca y sus ojos inmensos eran más claros que la luz. El senador siguió el hilo de su mirada y encontró al final la rosa percudida por el salitre.
—Es una rosa —dijo.
—Sí —dijo ella con un rastro de perplejidad—, las conocí en Rlohacha.
El senador se sentó en un catre de campaña, hablando de las rosas, mientras se desabotonaba la camisa. Sobre el costado, donde él suponía que estaba el corazón dentro del pecho, tenía el tatuaje corsario de un corazón flechado. Tiró en el suelo la camisa mojada y le pidió a Laura Farina que lo ayudara a quitarse las botas.
Ella se arrodilló frente al catre. El senador la siguió escrutando, pensativo, y mientras le zafaba los cordones se preguntó de cuál dé los dos sería la mala suerte de aquel encuentro.
—Eres una criatura —dijo.
—No crea —dijo ella—. Voy a cumplir 19 en abril.
El senador se interesó.
—Qué día.
—El once —dijo ella.
El senador se sintió mejor. “Somos Aries”, dijo. Y agregó sonriendo:
—Es el signo de la soledad.
Laura Farina no le puso atención pues no sabía qué hacer con las botas. El senador, por su parte, no sabía qué hacer con Laura Farina, porque no estaba acostumbrado a los amores imprevistos, y además era consciente de que aquél tenía origen en la indignidad. Sólo por ganar tiempo para pensar aprisionó a Laura Farina con las rodillas, la abrazó por la cintura y se tendió de espaldas en el catre. Entonces comprendió que ella estaba desnuda debajo del vestido, porque el cuerpo exhaló una fragancia oscura de animal de monte, pero tenía el comzón asustado y la piel aturdida por un sudor glacial.
—Nadie nos quiere —suspiró él.
Laura Farina quiso decir algo, pero el aire sólo le alcanzaba para respirar. La acostó a su lado para ayudarla, apagó la luz, y el aposento quedó en la penumbra de la rosa. Ella se abandonó a la misericordia de su destino. El senador la acarició despacio, la buscó con la mano sin tocarla apenas, pero donde esperaba encontrarla tropezó con un estorbo de hierro.
—¿Qué tienes ahí?
—Un candado —dijo ella.
—¡Qué disparate! —dijo el senador, furioso, y preguntó lo que sabía de sobra—: ¿Dónde está la llave?
Laura Farina respiró aliviada.
—La tiene mi papá —contestó—. Me dijo que le dijera a usted que la mande a buscar con un propio y que le mande con él un compromiso escrito de que le va a arreglar su situación.
El senador se puso tenso. “Cabrón franchute”, murmuró indignado. Luego cerró los ojos para relajarse, y se encontró consigo mismo en la oscuridad. Recuerda —recordó— que seas tú o sea otro cualquiera, estaréis muerto dentro de un tiempo muy breve, y que poco después no quedará de vosotros ni siquiera el nombre. Esperó a que pasara el escalofrío.
—Dime una cosa —preguntó entonces—: ¿Qué has oído decir de mí?
—¿La verdad de verdad?
—La verdad de verdad.
—Bueno —se atrevió Laura Farina—, dicen que usted es peor que los otros, porque es distinto.
El senador no se alteró. Hizo un silencio largo, con los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos parecía de regreso de sus instintos más recónditos.
—Qué carajo —decidió— dile al cabrón de tu padre que le voy a arreglar su asunto.
—Si quiere yo misma voy por la llave —dijo Laura Farina.
El senador la retuvo.
—Olvídate de la llave —dijo— y duérmete un rato conmigo. Es bueno estar con alguien cuando uno está solo.
Entonces ella lo acostó en su hombro con los ojos fijos en la rosa. El senador la abrazó por la cintura, escondió la cara en su axila de animal de monte y sucumbió al terror. Seis meses y once días después había de morir en esa misma posición, pervertido y repudiado por el escándalo público de Laura Farina, y llorando de la rabia de morirse sin ella.
Se trata de un cuento de Gabriel García Márquez, nacido en Colombia el 6 de Marzo de 1927. Escritor, novelista, cuentista, periodista y premio Nobel de Literatura en 1982. Entre 1959 y 1961, trabajó para la agencia cubana de noticias, La Prensa, en su país, en la Habana y en Nueva York. Debido a sus ideas políticas izquierdistas, se en-frentó con el dictador Laureano Gómez y con su sucesor, el general Gustavo Rojas Pinilla, y hubo de pasar las décadas de 1960 y 1970 en un exilio voluntario en México y España. Fue formalmente invitado por el gobierno colombiano a regresar a su país, donde ejerció de intermediario entre el gobierno y la guerrilla a comienzos de la década de los ochenta. Se casó luego de culminar sus estudios de Derecho, con la mujer a la que a los 9 años le prometiera matrimonio.
Este cuento “Muerte constante más allá del amor”. El título es emblemático, significativamente adelanta lo que sucederá y por supuesto nos encontramos con la muerte en el primer párrafo sin más. Característico en los autores del siglo XX, no duda en impactarnos con la introducción ya que lo importante no es quien sino lo que. Pertenece al género narrativo y es una mezcla de romanticismo y realismo mágico, donde funde la realidad narrativa con elementos fantásticos y fabulosos con el fin de exagerar su aparente discordancia (“puso en el agua de beber una rosa natural que había conservado viva a través del desierto”) impresionismo (“se tendió desnudo durante quince minutos en la penumbra de la rosa”), simbolismo y surrealismo como cuando nos habla de indios “descalzos que apenas si podían resistir las brasas de caliche de la placita estéril” o de un burro pintado con “pintura eterna” o de los colaboradores del senador “echaban al aire puñados de pajaritos de papel” y el más identificado con el surrea-lismo “al cabo de varias vueltas la enorme mariposa litografiada se desplegó por completo, se aplastó contra el muro, y se quedó pegada. Laura Farina trató de arrancarla con las uñas.”, corrientes de su época. Utilizando argu-mentos de utilería en su narración, para que el lector se forme una imagen gráfica del entorno donde se mueven los personajes, con pinceladas de miseria desértica de un pueblucho pobre alejado de la urbanidad, en uno notorio con-traste con su nombre “Rosal del Virrey”. Lo fantástico y lo real son combinados en un tranquilo mundo de rica imaginación, reflejando la vida y los conflictos de un continente. Con un narrador en tercera persona o narrador externo y equisciente. Nos ubica en un presente, probablemente Junio (para Navidad estaría muerto y le quedaban 6 meses y 11 días) que apenas se mueve cronológicamente unas horas a lo largo del cuento y solo al final donde esos “seis meses y once días” ya pasaron; Psicológicamente estático para el protagonista, enfocado en su realidad doble, una que tiene ambiciones y otra resignada a su inevitable y cercana muerte:
“(…) le faltaban seis meses y once días para: morirse cuando encontró a la mujer de su vida. (…)”
Onésimo Sánchez es el protagonista, mientras que Nelson Farina es el antagonista. Tenemos luego a Laura Farina como oponente secundario, una señora con sus seis hijos y la muchedumbre de la multitud junto a los ayudantes y los indios ambientando la narración. Nos encontramos con una diversidad de figuras retóricas:
 Paradoja: “un mar árido”.
 Descripción: “el automóvil ministerial del color del refresco de fresa”.
 Hipérbole: “un aliento de fuego”.
 Paradoja: “el alivio llegara primero que el dolor”.
 Hipérbaton: “acalló los aplausos con una orden de la mano”.
 Hipérbole: “su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo”.
 Ironía: “huérfanos de dios”.
 Hipérbole: “la mujer más bella del mundo”.
Un cuento ágil y fácil de leer pero sin dejar decaer el interés del lector que mantiene la expectativa luego de haber sido advertido de que el protagonista está a unos meses de su muerte. No por casualidad es que García Márquez hace referencia al soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”. Sospechamos desde el principio que tendrán dos temas en común: el amor y la muerte, pero estarán contrapuestos, si bien el soneto de Quevedo nos presenta un sujeto enamorado y persuadido de que la vitalidad de su amor prevalecerá invencible y la sola idea de que el amor es una fuerza insuperable capaz de vencer al tiempo y también a la muerte, en cambio el protagonista del cuento es un hombre que, desesperado ante la inminencia de su muerte, sólo puede experimentar la sensación de un amor ilusorio y el amor sólo aparece como una experiencia imposible.
El nombre del personaje principal dice mucho “Onésimo Sanchez” un latino por su apellido y una importancia des-tacada con semejante nombre que mucho tendrá que ver con el significado; “Ama las cosas del pensamiento, más al crearlas que al disfrutarlas.”
Al principio y al final del cuento nos encontramos con un dato sobre el tema: el amor y la muerte “seis meses y once días para: morirse cuando encontró a la mujer de su vida” un tiempo al parecer insuficiente para que un político aplicado, hombre de buenas costumbres, esposo y padre de cinco hijos, decida como vivirlo. Solo él y los médicos saben de su muerte y “no por soberbia sino por pudor” para no apenar a los demás, continúa pues dejando que su vida se suceda y ahí, casi podemos verlo, un político aspirando cargo como si la muerte no lo esperara, haciendo su esfuerzo para conquistar votos.
Ya sabemos desde el primer párrafo que en ese pueblo algo va a “torcer el destino” de este hombre que está a unos meses de su muerte, ahora sabemos como es, como vive y como se siente “más solo que nunca” porque hasta ahora para él es más importante su muerte que su vida.
El lector se impacienta y se cuestiona el actuar de ese hombre con los días contados que no disfruta la vida. Caso típico del hombre moderno que olvidose de vivir, que comienza una serie de rutinas para cumplir con las responsa-bilidades que le brindan las comodidades de un mundo materialista y con prisa.
Estamos ante un hombre urbano con todas sus joyitas: “graduado con honores”, “casado con una alemana radiante con quien tenía cinco hijos”, “furgones de la farándula”, “llegaron los camiones con los indios de alquiler”, “música y los cohetes y los camperos de la comitiva” “dentro del coche refrigerado”, “camisa de seda natural” un lector de “los clásicos latinos mal traducidos”; pura fachada, pura apariencia que de nada le servía “se sintió muchos años más viejo y más solo que nunca”.
El narrador deja en evidencia la mentira política poniendo en boca de Sánchez frases como “Ya no seremos más los expósitos de la patria… seremos grandes y felices” y acompaña este discurso de mentiras un montaje para simular sus promesas: “arboles de teatro con hojas de fieltro”, “casas fingidas de ladrillos rojos”, “echaban al aire pajaritos de papel, y falsos animales cobraban vida” no es más que parte de la “fórmula de su circo”. Un montaje de pura mentira bonita antepuesta y tapando, detrás “los ranchitos miserables de la vida real”.
La voz del narrador se hace presente para notar el cambio que hubo en el personaje: “el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey”. Con este detalle estamos al tanto de que hay una comparación y similitud entre el cartel, el senador y el pueblo. Se desgastan y el tiempo les afecta, llega el fin.
En el cuarto párrafo, algo sucede ahora en el personaje, un cambio. Se dio cuenta del desprecio de quienes lo salu-daban por compromiso. Un desprecio porque se daban cuenta de que todo era un circo. Él no se compadece por los indios que se queman los pies, se dirige al pueblo poco diplomático ahora, con sequedad y “casi con rabia” y la propia imagen del senador que pasa del éxito inicial a convertirse en un ser pervertido y repudiado antes de morir, e igualmente la rosa que siempre le acompañaba y que logró conservar viva a través del desierto pero terminó “percudida por el salitre”.
Encontramos el simbolismo, característico de esa corriente, en la imagen de una rosa. El personaje principal cuida esa rosa con tal esmero que logra viajar a través del desierto con ella y conservarla en perfecto estado, la coloca en “agua de beber” para mantener su fresca belleza y poder disfrutarla logra así, esta rosa, simbolizar al amor y la pu-reza, a Laura y su exótica belleza. No es extraño que tan cercano a la muerte se aferre a ese símbolo de vida, lo quiera poseer (la muchacha) y conservar (la rosa) lo más que pueda, todo lo que la vida se lo permita. La única rosa que hay en ese pueblo la tiene él. Se nos anuncia que posee algo especial y único, tal como será el inesperado ob-sequio que le envía Nelson Farina, su hija “la mujer más bella del mundo”. Este delincuente usa a su hija para ob-tener un documento. El senador aceptará, acepta el pecado de un amor “que tenia origen en la indignidad” porque después de todo dentro de “un tiempo muy breve, y que poco después no quedará de vosotros ni siquiera el nom-bre.” Laura le confiesa (porque él le pregunta) la imagen que tiene de su persona y ahí se nota un paralelismo entre Onésimo y Laura y Onésimo y la rosa:
- Por un lado la rosa llena de vida intensa pero efímera y belleza ante él, que también su vida se termina, y la imagen que intenta proyectar, de comodidades (simbolizando la belleza). Una belleza natural contrapuesta a otra artificial.
- Y Laura y él, extraños que tienen un motivo para lograr algo hermoso, el amor, pero empañados por ambos lados, por lado de Onésimo su vida real, su familia y la muerte que le espera, y por lado de Laura la cruel-dad del interés de su padre y ella contiene ese mercantilismo en su haber. El está consciente de todo, del amor y del deshonor y le importa mucho vivirlo, ella está inconsciente, ignora y le importa poco.
La rosa también simboliza ese espacio vacío en Onésimo, que no logra llenar por más que haga en si vida materia-lista, mentirosa, llena de lujos y engaños. Simboliza la vida, esa vida natural y simplemente humilde. Onésimo cuida la rosa, la conserva fresca porque hay algo en ella que a él le agrada, lo atrae, y es el mensaje y lo que ella representa. Para ser hermosa, la rosa, no necesita nada más que estar viva. La simpleza y humildad de sentirse vivo solo por estar y no por ser.
Se hace notoria la sensación de cantidad, de mucho, de plurales ya sea en las multitudes que nombre, desde cuando da su discurso hasta cuando está descansando en su vehículo y habitación siempre hay varias personas en su entor-no. También a lo largo de la narración nos encontramos con “seis meses y once días”, “Poco antes de las once”, “cinco hijos”, “una hora”, “tres de la tarde”, “dos citas en latín”, “doce años”, “seis hijos”, “seis niños”, “miles de billetes”, para marcar tiempo y cantidad, en corto tiempo muchas cosas, así es la vida del personaje principal, col-mado, saturado.
Finalmente se siente solo, a pesar de tener tanta gente, de tener tantas cosas que en definitiva no necesita nada de eso, compañía, necesita tener algo bello que lo llene, sentir que más que por alguien es con alguien esto de vivir. Cuando Laura llega a él, enviada por su padre, se siente tentado y vale la pena. Se encuentra con un cintura de cas-tidad, pero no se altera, él igual quiere la compañía de esa mujer, de esa rosa perfumada y bella (el perfume y la belleza en esta mujer es exótico, salvaje, es naturaleza pura, lo más alejado a lo sofisticado y producido que es el mundo de Onésimo). En el cuento solo menciona que se duerme junto a ella y meses después muere finalmente sin ella, el hecho de dormirse con ella solo destaca la soledad de la que era preso el protagonista, sin el gozo que le brinda (en lugar de mandar por la llave y hacerle el amor) el tenerla a su alcance y darse el lujo de tan solo obser-varla y dormirse a su lado. Perversamente se priva de poseerla y no nos cuenta si lo hace luego.
Al final descubre qué es lo que llena ese vacío que le anunciaba la rosa, ese vacío era amor, dejarse llevar por el amor. Ese amor que a lo mejor lo sentía por su esposa pero había olvidado sentirlo entre tanto apuro de satisfacer las comodidades del hombre moderno. Con Laura renueva el amor y le despierta los sentidos, hasta el pjnto de conmover su rabia porque hubiese querido vivir más para disfrutarla, ahora es más importante su vida que su muer-te. Muere sin ella, muere solo.
La oportunidad de vivir algo hermoso viene de parte de un presidiario, de un asesino desalmado, que observa dis-tendido y relajado desde su “chinchorro”, simboliza entonces que lo mejor que nos puede pasar en la vida puede venir de la persona menos apropiada, en el lugar menos esperado, se puede obtener belleza (Laura) hasta de lo más horrendo (Nelson Farina).

Adriana Caldas
16 Junio de 2011
Residencial Piria
Montevideo-Uruguay